Arco libre - Otra Historia Clásica De Familia Mexicana PARTE I

Hugo Arco en Cultura

Arco libre - Otra Historia Clásica De Familia Mexicana PARTE I

Mi amada abuela paterna Vicki tuvo dos hijos. Mi tía y mi papá. Ellos fueron el resultado del matrimonio que se gestó por ahí de los años 40s. Doña Vicki no aguantó a mi abuelo por diversas razones que creo fueron comprensivas y a pesar de que en esas épocas estaba casi prohibido divorciarse, ella lo hizo. Sin estudios y sin ninguna preparación, tomó aquella decisión para posteriormente casarse con un médico homeópata que ya no alcancé a conocer y que le brindó, supongo, amor y también cierta tranquilidad. Sus hijos adolescentes tenían que enfrentarse a la nueva realidad. Mi tía, la mayor, se fue a vivir con una familiar y a mi papá lo mandaron a un departamento a que viviera solo a la edad de los 13 años, esto porque el nuevo marido de mi abuela no lo aceptaba. Ni modo. Así le tocó.

 

   Mi tía no tardó en conocer al amor y se casó. Lo hizo con una persona muy inteligente, preparada y también ambicioso, de padres estadounidenses. Mi padre se tardó un poco más en conocer a mi madre, hasta finales de la década de los años 70s. Ambos hermanos, es decir, mi tía y mi papá académicamente llegaron hasta la secundaria. Sin embargo el papel clásico de mujer de familia le brindó a mi tía la posibilidad de quedarse como ama de casa sin la necesidad de generar dinero. Mi papá, a diferencia, tuvo que regirse como jefe de familia. Así era más en esos tiempos, ahora también por supuesto, pero en aquellas épocas percibo que era todavía más común.

 

    Mi papá encontró un empleo en las oficinas de PEMEX, tenía que ir a regañadientes todos los días ya que yo había llegado a esta vida además de mi hermano. Músico, un poco tímido y con una autoestima a veces no tan elevada, nos llevó a casa junto con mi mamá el sustento del día a día. Mi tía económicamente hablando, había corrido con mucha suerte ya que se había casado con un personaje que fue escalando y escalando peldaños en su trabajo de seguros y llegó hasta lo más alto, hasta ser nombrado director general. Cuando yo era un niño, no podía negar una profunda admiración hacia mi tío. Me parecía un modelo a seguir. Obvio mi papá siempre me brindó con amor muchas otras cosas, me decía: “deja que me acepten la tarjeta y te compro tus tenis”, eso fue fabuloso de su parte porque sí lo cumplía. Sin embargo, sí veía cómo mis tíos viajaban con sus cuatro hijos por todo el mundo. Yo supe que existía Orlando World gracias a ellos. También conocí el horno de microondas y la antena parabólica que solo los ricos poseían. Los helados de marcas extranjeras se encontraban siempre dentro de su atascado refrigerador y también contaban con su casa de descanso, precisamente en Cuernavaca. Mi familia gozaba de la renta congelada, por supuesto que eso ayudó. Nosotros también nos la pasábamos muy bien y a veces no tanto como todas las familias, solo que sí me pude dar cuenta desde muy infante de todo lo que hace posible el poder económico.

 

   El último de los hijos de mis tíos (tuvieron 4) coincidía con mi edad. Entonces muchos fines de semana me invitaban a su casa y pues la verdad me la pasaba muy bien. Tengo muy buenos recuerdos de mi primo. Recuerdo jugar con él a la guerra de los calcetines, jugar al nintendo, comer las cajitas del Mcdonald´s, entre otras cosas que no eran cotidianas para mi. Sin embargo también hubo cosas que ni siquiera entendía del todo bien. Ellos vivían en una zona exclusiva, en una zona residencial y también llegábamos a salir con otros niños de por ahí. Y pues bueno, uno de aquellos días en que todos los niños salimos a jugar, uno de ellos se enojó mucho conmigo y me dijo que me fuera, que negros ahí no se aceptaban. Yo aquella vez se lo mencioné a mi tía y salió inmediatamente a reclamarle a los padres de ese chico, seguramente estas formas las había aprendido en su propia casa. Recuerdo esto entre sombras, seguramente tenía unos 8 o 9 años de edad.

 

CONTINUARA…